La abuela Balbina
- Igualita, igualita a su abuela Balbina
Micaela oía lo mismo una y otra vez, lo decía todo el mundo, era igual que su abuela, a la que ella no había conocido. Los mismo ojos azules, la misma boca pequeña, el mismo pelo lacio, tan delgada, y tan buena. -Ojalá te parezcas a ella también en eso, -le decían-
Todos los días, Micaela, camino del colegio, con su cabás azul, pensaba en por qué se parecía tanto a su abuela, eso no le sucedía a las demás niñas de su clase, que podían parecerse en algo a su papá o a su mamá, incluso también a su abuela, pero igualita, igualita, no había ninguna. ¿No sería que su abuela había vuelto a nacer en ella? Algunos días se despertaba preguntándose - ¿Y si en realidad soy mi abuela?
La obsesión empezó a instalarse en su vida, a la hora de comer preguntaba si le gustaban las lentejas a la abuela, o qué color era su preferido.
Cuando repasaba las lecciones del colegio, se decía, y si soy mi abuela por qué no recuerdo nada de lo que ella estudió, y así no tendría que aprender los afluentes del Ebro o del Guadalquivir.
De vez en cuando miraba la fotografía del salón, y se fijaba en aquella persona que a ella le parecía una viejecita, con el traje oscuro, un remate de puntilla bordeando el cuello y el abanico colgado de una larga cadena, entre sus pequeñas y huesudas manos. Los ojos de Micaela parecían agrandarse tanto, que toda la fotografía cabía en sus pupilas.
Micaela había comenzado a escribir un pequeño diario, en un cuadernillo verde que ataba con una goma. Algún día recordaba que se había quedado sin recreo por hablar en la fila,” hoy no ha pasado nada” o “hoy me han preguntado en historia”, decía otro, y debajo de la fecha, siempre firmaba Micaela Balbina, por si acaso, claro.
Y pasaban los meses. Un día Micaela no volvió a casa después de las clases, y sus padres comenzaron a preocuparse, pues tenía la costumbre de llegar a casa directamente del colegio.
Eran las 7 de la tarde. Se habría entretenido con alguna amiga, o habría ido a estudiar en casa de alguna compañera, pero sus padres sabían que no lo habría hecho sin pedirles antes permiso.
Eran los 8 en el reloj del cuarto de estar, y la 9 en el reloj. Impacientes habían esperado demasiado, y en medio de la preocupación, los padres acordaron ir a la policía, pero en ese momento sonó el teléfono. Precisamente era la policía que llamaba. La dirección y el teléfono en el libro de Historia que llevaba en la mano, habían dado la pista. Lo llevaba una viejecita que andaba perdida por las calles de Chamberí, y que decía llamarse Balbina.
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