Cisjordania Santa
No hace falta ser perfecto para tener razón. No es necesario ser siempre un monstruo para cometer atrocidades. Pero en un mismo lugar, en cada momento diferente de la historia, hay un grupo que agrede y otro que sufre. Y cuantos en ese momento son espectadores pueden escoger entre la justicia o la complicidad.
Cisjordania santa
Ser santo en esta tierra es resistir.
Ser santo en esta tierra es mantener la esperanza contra toda esperanza.
Una familia regresa a su casa y ya no es suya, pues una ametralladora cierra el paso de la que tantos años fue su puerta. Son santos porque se quedan en la ciudad y construyen otro hogar en otra calle.
Un padre ve crecer a sus hijos en un barrio devastado, donde un ejército invasor destruye un poco más cada semana. Es santo porque les obliga a ir a la escuela cada día.
Una muchacha de quince años violada en una cárcel por reclamar el nombre y el futuro que son suyos. Es santa porque levanta la cabeza e imagina su país en libertad.
Mujeres que aguardan cubiertas de otros lutos a un esposo y a un hijo que tal vez nunca regresen. Son santas porque mantienen encendida la lumbre y perfumado el lecho.
Campesinos que malviven sin agua desde que los colonos se la llevan y los nuevos señores venden caro la que sobra. Son santos porque ordeñan, cavan y siembran aunque ya apenas tengan pozos.
El joven lanzando una piedra contra el tanque que dispara en la calle donde debería estar jugando. Es santo porque tiene la entereza de no sentir que todo el mundo es enemigo.
¡Oh, santos de esta tierra!
¿Será suficiente vuestra virtud para perdonar nuestra indolencia y nuestro olvido?
Tel Aviv
La paz de los parques una mañana de sábado,
los ancianos paseando al lado del mar,
los matrimonios jóvenes sentados en las mesas de los bares,
el anuncio de un concierto en una sala de moda,
las tiendas cerradas,
el olor de los jardines,
el brillo de los rascacielos…
Hace más de seis horas que los aviones atacan Gaza
pero las explosiones de las bombas,
el ruido de las casas demolidas,
los lamentos de los heridos
y el llanto de los que ven morir o tantean la muerte
no se escuchan desde aquí.
Nos dice una mujer que todos los muertos duelen lo mismo.
Yo la creo.
Pero esta mañana añade algo más concreto a mi fe:
no todas las lágrimas contienen la misma sal.
Nablús
Hay algo más triste que un mercado vacío:
un mercado lleno de ausencias.
En el mercado de Nablús, un jueves por la tarde,
hay cien tiendas cerradas
y el vacío de los puestos no instalados.
Faltan los aromas de las especias,
los colores de las berenjenas, los pimientos, las uvas y las manzanas,
el humo de las frituras,
las voces de quines venden, las protestas de quienes compran,
el brillo de los manteles de Damasco,
la acumulación de zapatillas fabricadas en China,
las risas de los niños y el bofetón de una madre,
las manos que limpian y adoban la carne del cordero,
las miradas que sueñan con productos imposibles
y las bocas que saborean buñuelos y aceitunas.
¿Qué se vende en el mercado de Nablus un jueves por la tarde?
Dos pollos escuálidos y la desesperanza del vendedor,
latas de fatiga en conserva caducadas hace años,
unos sacos de tristeza para fabricar el pan amargo de cada día,
resentimiento acumulado, acrecentado, rancio, bien dispuesto,
botellas de rabia negra y de impotencia gris,
telas para las lágrimas y el luto,
cajas llenas de promesas incumplidas, engaños y artificios,
unas cebollas marchitas, dos docenas de huevos y la miseria de la campesina,
un puñado de tierra para recordar el campo que fue suyo
y una piedra con que enfrentarse a las armas del ladrón.
¿A quién puede extrañar la tristeza del mercado de Nablús?
Hebrón
Amina tiene diez años y nunca ha salido de Hebrón.
Va al colegio con cien niñas que jamás han salido de Hebrón.
Sabe que existen otras ciudades, allí, al lado,
y el pueblo donde nació su padre,
un lugar con higueras y cabras y nísperos y acequias.
Amina y sus amigas han inventado un juego,
el autobús, lo llaman.
Se sientan de dos en dos, muy serias, en el suelo,
e imaginan el viaje de ese día.
Hoy vamos a Ramala, dice Amina, y paga su billete.
Desde la ventanilla, miran pasar las casas,
las ventanas tapiadas, las ventanas abiertas,
las calles del mercado, la mezquita, las plazas, el barrio restaurado…
Llegamos al control, dice otra niña,
y todas se colocan formales en su asiento.
Hoy hay soldados buenos, deciden las mayores,
enseñan sus papeles y pasan la barrera.
¡Ya estamos en el campo!
¡Mirad, melocotones!
¡Y gallinas!
¡Nos adelante un coche! ¡Adiós!
Ahora un pueblo grande y luego otro pequeño,
una montaña, otra ciudad, otro control, otro amable soldado,
y más tarde una playa como las de televisión, con barcos y con olas
-¿a que olerán las olas de verdad?-,
un rascacielos, un hotel, un palacio, una cigüeña,
una avenida bordeada de palmeras.
Luego bajan del coche y toman un helado sentadas en un burger,
se compran una Barbie y juegan en un cibercafé,
llaman a sus hermanas desde un móvil plateado
para contarles que el mundo es grande, rico, hermoso,
que hay calles sin barreras, sin ejércitos, sin miedo…
Pero ha sonado el timbre y el recreo ha acabado.
Amina y sus amigas regresan a la clase,
al colegio de la ciudad de la que nunca han salido,
a la ciudad del país que no existe
y por el que no pueden viajar.
Belén
Es viernes. Es Nochebuena. Es fiesta en Belén.
Las personas conscientes, las bienintencionadas, las solidarias,
encendemos velas ante la iglesia de la Natividad
-tan triste, tan concurrida, tan abandonada-,
y exigimos la justicia y la paz.
Es de noche, un grupo de adolescentes nos rodea y asiente.
Muchachos nada más, las chicas no salen a esas horas.
Son muy jóvenes, se ríen, nos miran el culo y se ríen aún más,
son machistas, ignorantes, descarados,
y serían consumistas y frívolos si pudieran.
Siento un nudo en el corazón.
Los amo a todos.
Los amo porque son muy jóvenes,
porque son machistas, ignorantes, descarados,
porque nunca podrán ser frívolos ni consumistas,
porque son carne de cañones que no han construido ni pedido,
porque ya han velado muertos y han odiado,
porque a los quince años tendrán hijos
que serán machistas, ignorantes y descarados,
porque se harán viejos muy pronto
y ya no tendrán fuerzas para reírse de las mujeres bienintencionadas,
porque nadie de otras tierras recordará sus nombres
ni cantará sus vidas,
ni sentirá piedad por ellos cuando mueran.
Los amo.
Los amo a todos ellos
Los amo como son.
Pero no sé que hacer con este amor,
no sé qué pedir para ellos ni para mí esta noche.
Jerusalén
Una ciudad que tantos afirman tocada por la mano de Dios debiera ser hermosa.
Pero yo he visto a los soldados cerrar los barrios antiguos cada anochecer
y me ha pesado la tristeza de sus calles vacías.
He escuchado a los mercaderes vendiendo cruces, estrellas y lunas,
he sentido que la superstición derrotaba al espíritu,
y me ha parecido siniestra y cicatera.
He visto las casas arruinadas del barrio musulmán,
las mansiones reconstruidas de los hijos de Israel,
y los conventos donde los cristianos miran hacia el cielo
(donde hay menos problemas),
y la he notado podrida, moribunda.
En el Muro resuenan los lamentos de los desterrados,
la Iglesia del Santo Sepulcro conmemora de muerte de un profeta inocente,
y Saladino el Generoso se estremece en su tumba de Damasco
cuando recuerda la sangre que los caballeros cristianos derramaron aquí.
¿Cómo podría ser bella una ciudad
construida sobre tanto egoísmo, sobre tanto dolor?
¿A quién puede conmover una ciudad que lleva siglos despreciando la vida?
Tierra Santa
He visto muchos reportajes en televisión:
Hablan de los asentamientos israelíes pero no los enseñan.
Tal vez por eso todos mis amigos los imaginan como los creía yo,
casitas pequeñas, blancas, rodeadas de cultivos y una cerca de alambre,
con abejas que zumban en los jardines
y ametralladoras susurrando tras la valla.
La realidad no es esa.
¡Ay, la realidad!
¡La trastornada, escondida, traicionada pero tozuda realidad!
La realidad son las excavadoras israelíes arrasando una aldea palestina,
convirtiendo en baldío el lugar donde había seis casas con huertas y un corral,
para sembrar mañana doce bloques de ocho pisos con ventanas enrejadas.
La realidad es esa urbanización de lujo
en la que millonarios del mundo adquieren pisos
para gozar de lo que un dios saqueador ha puesto entre sus manos.
La realidad son las palabras de un antiguo dictador
que recomendaba viajar menos y leer más periódicos.
La realidad es que unos tienen cadenas de televisión
que sirven para que no se vea nada,
y otros invitan a visitar una tierra a la que nadie irá
porque allí no hay aeropuertos, ni hoteles de lujo, ni campos de golf.
A las cadenas de televisión y a los turistas no les gusta la realidad.
Jalazone
Hace muchos, muchos años, Jalazone fue casi nada:
Un lugar de paso,
unos cientos de barracas plantadas el suelo
para acoger a los huidos de la guerra,
a los que muy pronto volverían al hogar.
Ahora, Jazone se parece a una ciudad, es casi una ciudad.
Pero sólo casi.
En las ciudades completas hay árboles y futuro,
las gentes aman los patios en que jugaron cuando niños
y las ventanas tras las que vieron caminar a su primer amor.
Y cuando están lejos, sueñan con el regreso.
En cambio, los habitantes de Jazalone aguardan el momento de marchar,
de abandonar las calles embarradas y las cocinas tristes
para volver a un pueblo que ya es apenas un recuerdo
o un nombre repetido en cada rezo.
Hay casas aquí en las que el mayor bien una viejo baúl,
un tesoro que se contempla todas la mañanas
y se limpia con el máximo cuidado,
una maleta vacía que es un pozo donde abrevar la resistencia.
Y mientras haya casas así en Jazalone,
ésta seguirá siendo sólo casi una ciudad.
Sólo casi.
Bait Nabala
Cuando se olvida un nombre se pierde un fragmento de memoria,
y una memoria escasa es un alma pequeña.
Eso sabían los invasores.
No les bastó, pues, con matar y saquear,
ni apropiarse de las granjas ya desiertas fue suficiente para ellos:
bautizaron en otra lengua las tierras de Bait Nabala y les robaron la existencia.
Pero queda la palabra,
el verbo que es escudo frente al verbo,
el aliento vital de las verdades,
el corazón incorruptible de las cosas que fueron, son y serán
mientras alguien las pronuncie.
No se han perdido los nombres.
Hay un millón de palestinos diciendo pueblos perdidos,
recitando ciudades nunca entregadas al olvido.
Hay una memoria inmensa
que engrandece el espíritu y mantiene la esperanza.
Nunca se perderá una tierra que recuerda su nombre.
1 comentario:
Qué placer leerte!!
Publicar un comentario